Mi (no) lugar: reflexión en torno a Marc Augé

Durante la lectura de Los no lugar de Marc Augé he confundido sus teorías con pensamientos propios, e incluso, he deformado sus palabras. Sin embargo, espero que el construir un texto me ayude a cohesionar todo lo que de la lectura ha derivado.

 

La ciudad y su uso, es el tema que exige reflexión: El vínculo que podemos hacer con los no lugares, el consumo de las ciudades y como arbitran los responsables a estas. Así el debate en torno a ideas de Augé llegan al presente en forma de noticia de actualidad, abriendo el interrogante cómo construir un nuevo país, tras la independencia (si sucede), o si debemos dejar que la Barcelona de Trías se prostituya y acabe convirtiéndose en Marina d’Or (sí Marina d’Or no es arbitrario).

Auge se plantea la necesidad del etnólogo para acercarse al aquí y al ahora y hacer un trabajo en torno a su propia ciudad, siempre y cuando sea necesaria esta investigación. Trabajar en torno a la metrópolis actual, exige verla como un ser vivo con órganos, donde su sangre fluye, donde las manifestaciones erosionan el poder legislativo (aunque no se vea a simple vista), atender al fin y al cabo a microrelatos que construirán la historia del futuro. Estos microrelatos se dan en la actualidad en campos como el arte debido a que nadie cree la historia como un único ente que porta sentido.

El presente exige una nueva mirada, quizás sea la mirada de siempre, pero en vez de trabajar en torno a unos extraños que viven en otro continente, se ha de hacer un autoanálisis y ver sus postulados: La Sobremodernidad.
Para Marc la sobremodernidad surge debido a una superabundancia de sucesos, a una nueva concepción del tiempo y al ego.

La superabundancia de sucesos va ligada al hecho de entender la historia como pequeños relatos, así se yuxtaponen situaciones y eventos, que debido a la evolución social, aumenta y es difícil ser consciente de todos.

La nueva concepción del tiempo viene dada por el avance de la tecnología en torno a la comunicación y al transporte. Tenemos al alcance, y de forma inmediata, la actualidad de cualquier punta del globo y por otro lado podemos viajar a más lugares y de una forma más rápida. Esto también provocará una sensación de lo propio más amplia y una indefinición de lo nuestro que intentaremos solucionar.

La forma de percibir  y usar el tiempo cambia, el ocio y el trabajo se volverán hijos del sistema que los enclave, en este caso el capitalismo. ¿Qué sentido tiene seguir trabajando 40h semanales, en medio de esta crisis económica, en la cual mucha gente no tiene trabajo? ¿Para qué producimos productos o servicios? Nuestro ocio se convierte en hijo de nuestro trabajo en un ciclo perverso que se alimenta a sí mismo. ¿Si la tecnología evoluciona y le sustrae el trabajo al ser humano, por qué este se ve forzado a trabajar, para amontonar fortunas para otros que se benefician de ello?

Lo perverso continúa cuando la infraestructura que nos ampara, la ciudad, se construye para que nuestro ocio exclusivamente sea consumo, para que las alternativas a comprar se extingan o ni aparezcan, obligándonos a ser siempre eternamente consumidores.

Esos lugares nacidos desde el consumo, serán prácticamente no lugares, pero hablemos primero de los lugares. Los lugares (antropológicos) se entienden como aquellos territorios que generan identidad por parte de los habitantes, donde estos se relacionan y se constituye un proceso histórico que con los años se ratifica. Los lugares son reivindicados por alguien como propios, toman momentos históricos para justificar su identidad, se entienden como un espacio limitado donde los agresores y las escisiones internas están más o menos definidas.

La frontera surge como las limitaciones de esos espacios, atendiendo a un aspecto económico, la aduana y donde limita la diferencia con el otro. Éstas también surgen del propio hábito de circulación de las ciudades, así los límites estarán en los caminos, fuera del centro. El vivir, el ocio, el comercio construiría el flujo de la ciudad gestando ese sistema límbico de circulación que dotará de sentido, a la escuela, a la plaza, al mercado en contraposición a esas ciudades realizadas desde los despachos.

Surge la duda de si la creación de ciudades, ya sea de esos hiperrascacielos de Hong Kong o de la propia Brasilia no están forzando a actuar de una manera prefijada al habitante, al establecer los centros de interés con la premeditación de los flujos, volviendo en no lugar terrenos que deberían de exigirse como nacidos de las vivencias de los habitantes.

Así, ya avanzaba, los no lugar son esos espacios construidos para el tránsito, para moverse de un lugar a otro, para consumir ocio, los cuáles se plantean desde el consumo, no tan sólo desde el capitalismo, de tal modo que los individuos no pueden ser ellos mismos, porque las opciones de ser, vienen concretadas por la estructura y normas que lo enmarcan.

La ventaja de la creación de los no lugares es una homogeneización del territorio, así se tomará como propio aquella ciudad ajena, sin necesidad de que te dé la residencia el nacer allí, porque el acercamiento a través de los medios te acercará otros continentes, apropiándose de imágenes ajenas de modo que la frontera se diluye para ampliar nuestro territorio, para así nosotros ser viajantes de lo nuestro, pero el resto inmigrantes que van donde no les pertenece, en un extraño sensación de lo propio y la alteridad.

Tras definir los límites entre el vocablo lugar y espacio, se difumina si es lugar o no lugar al ser habitados, al pisarlos, al vivirlo, así con el humano correteando por ese territorio, que además es (no) lugar, se vuelve espacio, algo más etéreo y ambiguo, sustrayendo la calidez histórica, el componente comercial y deshumanizante para hacerlo consumir sin ni siquiera plantear que en esos espacios vividos los no lugares, nos delimitan el acto de ser personas, de escoger y decidir, en vez de contribuir a su programa como máquinas que interactúan en un código binario antes opciones prefijadas.

Hablábamos de la abundancia de acontecimiento y de la decepción de la historia de la humanidad, tras la barbarie de la guerra, pero el discurso de esta, la ficción escrita por unos son historias que permanecen sinsentido, menos cuando la fisicalidad de los monumentos nos recuerdan que existió un pasado. La justificación de la historia a través de los objetos, nos hacen tangible sucesos y personajes, personajes que justifican la parte por el todo, seres que reflejan a un pueblo, de igual modo que la catedral de Nottre Damme es París y en esta poética metonímica el espacio es desigual, así como los ciudadanos respecto sus políticos. Es comprensible que la estructura central de una ciudad tenga sentido, pero no más como eje vertebrante para sustentar toda su ramificación, es decir, los suburbios quedan ignorados cuando son los que alimentan al centro, incluso aquellos barrios que se alimentan a si mismos y son autodependientes.

Marc Augé hace una comparación del cuerpo y la ciudad, relacionándolo con culturas ancestrales, y en la red de localizaciones y hábitats, las cuales son interdependientes el organismo tiene un símil al que a mi me gustaría desarrollar tras la comparación de la frontera (ciudad) con la herida (cuerpo).

 

Links a visitar:
Reseña de Los no lugar de Marc Auge
Artículo de El Cultural
Descargar libro online “Los no Lugar”

 

 

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Un comentario en “Mi (no) lugar: reflexión en torno a Marc Augé

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