Dios, y también Flavin, empiezan por D y emanan luz

Podemos asesinar a todos los seres humanos, a cada persona del planeta, que no nos extinguiremos como especie hasta que se consuma en las llamas nuestra historia. Ella, nuestro presente, herencia de las tomas de decisiones de aquellos historiadores que acallaron a todos menos a su discurso. Así hablo de los porqués, sin importarme en absoluto la verdad del acto de Dan Flavin.

Abres la puerta de la galería, el bloqueo que ejerce la pared respecto el sol oscurece toda la estancia, sin embargo, un halo de luz sucede, como un acto rebelde desde la sombra de las paredes blancas, para preguntarnos, preguntarnos en bucle, en una algarabía de la que se rasgan globos de helio aspirados por palomas, palomas y ahora gaviotas que invaden cada rincón de la ciudad. El halo ya existe en la puerta, la luz no es tenue, es inexistente, pero existe en la ausencia, en el desvanecimiento, y condena a la obra a preguntarse cuando empieza y cuando acaba, cuál es su fin.
Aún no has llegado a verla, o tal vez ya estás viendo su proyección, los tweets de su osadía, las noticias en los periódicos, los comentarios entre las vecinas, probablemente, las vecinas no, las vecinas hablaran de Sálvame o del ébola, pero no de Fab Ciraolo y menos de Dan Flavin. La luz verde que emana la pieza de Flavin, el reflejo que sucede en el contacto con la arquitectura, ¿ya es obra? ¿la complementa tu atención o la arquitectura en la que se aguanta? por supuesto, si no la vieses no existiría, sería como el magma, del que nadie habla, en una balanza más desequilibrada.

Has entrado e imaginas un lienzo, un absurdo acto de imaginación mientras no acabas de disfrutar del lugar que pisas y tocas, como enviar whassaps a amigxs que no están en el bar o en la galería, y los límites del cuadro te exigen cerrar la pieza en la que la luz pinta la obra, así Flavin es un Rothko en RGB, controlado, siempre hablando de luz y de color, unas veces con pigmentos otras con ondas, pero que discurre en el tiempo, en el consumo de electricidad, del conectar y el desconectar, volviendo a preguntarse donde empieza y donde acaba la obra, si la pieza existe cuando bajan el interruptor.

Pisas y tocas la obra sin desgastarla, al palpar la pared y pisar el suelo, habitas en ella, como si fueses un huerto urbano, piensas en el parecido que tiene con el fluorescente que has colocado en el baño e infravaloras, el arte y valoras tus complementos del hogar, decidiendo usar un rincón para colgar otro fluorescente verde, volviendo tu casa una minigalería, sólo para ti. Y ¿si vetas el arte para tu gozo, no estás extirpando al mundo de lo bello? de lo abyecto? de cualquier adjetivo que pueda tener el arte en ese preciso instante? restringir el arte a tu mirada es verter petróleo al mediterráneo, es permitir un desahucio o destruir una escuela en Gaza. En ese instante, el museo te parece un lugar útil, un espacio para nutrirte, para reflexionar en torno al límite, en la posibilidad en que los objetos cotidianos se lleven a una sala, para pensar que quizás otras disciplinas de la vida precisan ser también elevadas, así luego, con el tiempo, ya lanzar heces encima de ellas.

Te estás acercando a los tubos, viendo la luz que de ellos emanan y en el instante en que descompones la pieza como la pluriconstrucción de una arquitectura encima de la existente, como un lienzo pintado con luz que se convierte en escultura, como un interrogante que plantea el inicio y el fin de una obra, como un quebrar en pensar cuáles son los materiales del arte. Dialogas con todo ello haciendo sensible algo indescriptible de otra forma, abriendo caminos y emociones incapaces de ser creadas con la palabra, con un lienzo, con una escultura o un escrito y este experimento sensitivo resquebraja el arte para detenerse en el tiempo y replantear las formas de hacer, la actitud que hay que tener delante de esos tubos, ver como cambia ante nosotros, trasladar lo físico a una metáfora para comprender al arte ignorando completamente cual es la intención de Flavin para elevarlo a un capítulo dentro de la historia del arte.

 

Gracias a:

Michael Auping // Dan Flavin // Viajes en tren // Bibliotecas olvidadas

 

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