mejor, hilemos desde el tema

“las críticas no deberían ser exclusivamente textos periodísticos”

Hemos perdido lo íntimo en este lugar de lujuria y tránsito de negocios, no hay roces ni despertadores alboreados, aunque por momentos la luz recupera los vatios en un cenit perfecto y el recolocarte en la cama sin deshacer irrumpe mi estado de concentración en el que me he sumergido.

No nos hemos tocado, pero tu gesto, secuela de una postura incómoda, recorre el tejido desde el extremo del colchón hasta llegar a mi orilla, mientras tanto el contenido del televisor mantiene su papel protagonista, emitiendo las sombras que entreven nuestros rostros, los nuestros y los del resto que habitan momentáneamente el espacio, desde sus sillas, ajenos a tu movimiento, al eco de tu nueva postura y, muchos de ellos, ajenos a la película. Aunque no fui yo, quien dijo película, es más, evité el término en todo momento.

Puedo cambiar de cama y nunca tendrá la febril o imaginaria connotación fogosa, seguramente no exista, aunque me ofrezcan champán o me cedan un lado de la cama, ni los voayeurs, cruisers audiovisuales, me observen a mi, ni a nadie, acomodado en ninguno de los asientos, pero sí voayeurs. Miren una y varias pantallas, que exigen más de lo que ofrecen, pero prometen infinitamente en cuanto uno desee interpretar.

Recorren las estancias cuerpos vestidos que adquieren tiempo visionado, lo que antes les escupió o sedujo dentro de un televisor, o eso creo yo, porque no tengo intención de hacer el esfuerzo por comprender a la gente, a los voayeurs y al resto que pasean por los pasillos.

Hablan en idiomas foráneos, galeristas y artistas fuera de su entorno, pero desplazando su ambiente con ellos hacia habitaciones de hotel descontextualizadas. Mientras, busco nodos que más allá de la pantalla enlacen una habitación con otra, pero exceptuando pecados de otras noches no oteo argumentos avecinarse por el quicio de la puerta.

La trama se desmiembra, como los personajes, los diálogos, el final o el tempo y la retahíla continua de imágenes desorienta el sentido, el concepto y la tertulia. Y me pregunto, cual es la necesidad del arte, mientras neuróticas relaciones para dotar de sentido a la sentencia planean hacia la compleja dirección del presente, obligándome a creer que es una posible respuesta plástica del pensamiento.

Esta vez me siento en una silla y la idiotez absurda me grabará un audiovisual en la memoria, no una película, la cual dentro del marco de la estética-poética-bella del cúmulo de fotogramas residirá entre el resto de mi bagaje, como el brazo de la Mamba negra surgiendo del suelo en la pieza de Tarantino, y volveré a absorber imaginario colectivo mediocre y abyecto, mientras reincidiré en la equivocación al utilizar la palabra arte.

 

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