Arde

Entre los dedos se me escurren logos, dibujos para concursos que no llegan, un abecedario que prometo colgar en breve y discursos como estelas de avión en un precioso cielo azul, y tras la amalgama que fermenta de formas muy variadas el presente es el preámbulo hacia un futuro prometedor. No me convertiré en un mito del panorama del rock, no seré muchas cosas con las que no soñé pero caminaré buscando espacios perfilados al andar, así con el Corán y los dibujos de Joan Cornellà debatiendo en torno a la crisis recupero otro retazo de esos comentarios que nunca colgué: ARDE

Arde

 

  “Así es como se ha cumplido esta sentencia del Señor contra los incrédulos, serán entregados al fuego”

 

Sura XL vers. 6 El Corán

 

 

En la hoguera nos lanzamos nosotros, como hicieron con Juana de arco, como hicieron con aquellas que consideraron brujas, como hicieron con los libros prohibidos durante la inquisición o durante el III Reich, hace menos de un siglo en la civilizada Europa.

Echamos leña al fuego a tierra con los estudios que no leemos, con las disciplinas que detestamos, para creernos resúmenes fidedignos realizados por medios y personalities. Quemamos el nuevo testamento y La Torá para creernos la gravedad de Newton, la evolución de Darwin, la relatividad de Einstein, desplazamos nuestro origen por una aceptación social reconocida, no dejamos espacio para el debate, afirmamos sentencias de aquellos que se valoran en la época y aprovechamos el tiempo para investigar como funciona Spotify en el nuevo I-phone 3G.

Dimos por sentado que la tierra no era plana, que existía algo más allá que nuestro sistema solar, que el sol no giraba en torno a la Tierra, pero afirmamos que había nueve planetas. La cumbre de científicos se reunió en Praga y decidió que Plutón dejaba de ser un planeta y lo aceptamos así, del mismo modo que idolatramos la labor de Punset aquellos que formamos parte de la cúpula culta de la sociedad y que en breve diremos “ye” en vez de i griega para referirnos a Y. Cambios de actitudes, precedidos por antecedentes respetables, y del mismo modo que Eva Arguiñano pasó a entretenernos con sus indiscutibles “buenos” postres, debido al estrellato de su hermano Karlos, ahora Elsa Punset tiene una sección en un programa de entretenimiento en pleno prime time.

 

Diseñamos teteras, bragas, corta-pelos para la nariz y ambientadores para el coche, diseñamos contenidos, formatos, medios y soportes para comunicar (o no hacerlo), diseñamos el telégrafo, el teléfono, la radio, el televisor, el ordenador y la Black Berry para cambiar las rutinas, el mundo tal y como lo conoce una generación y olvidamos una cosa: “que no dejamos de ser lo que éramos”, que somos aquella (in)volución del mono, que con algo menos de pelo continua sin saber que hace aquí, porqué es cómo es, dónde irá a parar. E incapaces de ver somos, al encontrar arte en la estrategia eclesiástica, cuando se le pidió a DaVinci pintar la capilla Sixtina, para mandar pintar óleos, otros tantos gravados, bóvedas, portales y escalinatas, continuando viendo arte sin ver a ese diseñador, a ese empresario, bajo la sotana. Con el discurso del todopoderoso en mano, haciendo pintar en nombre de Diós, creando acústica en las salas de oratoria un espectáculo de peregrinaciones como más tarde hizo el Führer de tal forma que el vocablo líder se ha dejado de pronunciar en los países de habla germana. Partían de la ignorancia, equiparando al pueblo entre si, evitando la proliferación de competidores en su mercado, dando la opción de obra social de La Caixa  al recolectar comida para los leprosos. Con su discurso cargado de miedos se fue transformando a Adán en mono, al apóstol en fósil datado gracias al Carbono 14, al verse obligado a entrar en el mercado. Y al poner las acciones en borsa se volvieron uno más, junto a IKEA, a automóviles Conchita, a  Antena3, a Danone, olvidando el discurso del que partieron, y así en unos 3000 o 4000 años dejarse convencer por los resultados de una calculadora, por la justificación en función a metros de celuloide.

Y ahora no existen lienzos que confundan a artistas con diseñadores, ni religiones que monopolicen el mercado, pero si valores en las marcas dejando al alma en un rincón mugriento en el que se acumula el polvo, teorizando con el empirismo, con lo que pueden ver nuestros sentidos atrofiados por tanta máquina que obliga al desuso de la vista del oído, del conocimiento que perdimos hace tiempo.

 

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