Empujado a la línea intermitente

Nací en tierras del Ebro y el Montseny donde la eñe no existe, donde el orgullo resurge ante el recuerdo de una derrota, nací en una parcela de tiempo y espacio definida por el azar cerca de las olas del mar y las sombras de los abetos. Nací siendo un híbrido, un collage de “razas” el polaquito que hablaba castellano y el charnego que no pertenecía a ningún lugar y confundía la cama* con la pierna, las llanuras con las barreras, las grietas con las heridas. En relación a las concentraciones salinas de padre o madre vagaba osmósicamente entre tierras limítrofes separadas únicamente por la conciencia, sin intifadas, sin maquiladoras, siendo libre de cruzar la línea invisible que me hacía pertenecer a ningún lugar, sin ser apatria, ni un ciudadano de segunda, sin ser el rey ni el monarca decapitado por los republicanos, así como las fotos que encuentra Esteban husmeando en los cajones de la segunda piel de Cecilia Roth en Todo sobre mi madre, condenado a vivir la vida entre el vértice del rasgado, intentando aunar homogeneidad en recelos y libros de historia, en los susurros diarios que acumulan las bases de grupos terroristas, en la demagógica política de absurdas promesas electorales que viven del odio ajeno. A mi no me faltaba la otra mitad, en realidad tenía dos mitades, pieles que se regeneraban dotando de sinsentido a medida que aumentaban los días y los duelos, llevándome a la intermitencia de la línea discontinua de las carreteras de peaje obligándome a vivir entre la dislexia de una imposible elección, empujándome hasta el final de la línea, donde el blanco se desvanece por el desgaste del tiempo, por los pasos de los transeúntes y un único carril, que va a ninguna parte, dirige mi vida entre dicotomías imposibles, una vía de dos alternativas que siguen llevando a ningún lugar y forzando deambulo entre dos universos, entre estados gaseosos, entre crisálidas y mamuts centenarios, surgiendo del fósil que me he convertido en vida, soy ese freak, para los dos países en los que habito, el no alineado que transita inclasificado en las estadísticas de opinión de La Gazeta y El PAIS, el abominable ciudadano irreconocible como los cirquenses personajes de La casa de los monstruos que tardaron 66 años en poder ser visionadas. Así en las esterotipadas formas de. Habito perdiendo y buscando la línea intermitente que engendró mi incertidumbre en dos países donde  no son azar los dados teledirigidos por malas decisiones, donde no son azar los gritos silenciados por las leyes y el sistema que nos ampara, donde no es azar el croché deshilachado de lenguas y folklore que me hace caminar en el abismo de los rasgados de las fotografías partidas en dos.

*cama es pierna en catalán

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