Relectura

“Dios no podrá descubriros las cosas ocultas. Escoge a los enviados que le place para confiárselos. Creed, pues, en Dios y en sus enviados; si creéis y si teméis recibiréis una recompensa generosa” 

Sura III versículo 174, El Corán

Miente la palabra, el verbo, la frase y la sociedad al decir que aprendemos a leer con 6 años, miente el verbo interpretar de la lectura, con el fracaso del dominio del lenguaje de las intenciones, los dobles sentidos de las vías principales, las señales de prohibido y las faltas de ortografía. Miente nuestro cerebro al leer, porque la lectura implica entendimiento, no es el movimiento horizontal de nuestras pupilas ante un folio con grafías. Miente el interprete al traducir el Corán y decir Dios en lugar de Alá. Miente un verbo que es la subjetividad implícita en el lenguaje creado por el hombre, miente la intención de la polisemia y la metonimia, miente el uso propagandístico, los gestos prefabricados en el gabinete de prensa, miento yo y miente Adán, miente Lilith y miente Eva.

Retomando la religión para hablar del caos de la guerra se encuentran innumerables ejemplos para hablar durante horas de las interpretaciones ambiguas.

En el primer piso de la torre de Babel el egipcio Sayyid Qutb da clases en la facultad y en un intento por comprender el estilo de vida yanqui cruza el océano para reafirmarse en su postura antioccidental, descubre el infierno terrestre que es muy parecido a su cielo post-morte, así prefiere vivir la vida austera para poder pecar una vez muerto, con lo cual se agrupa con los Hermanos Musulmanes para empezar su propia revolución.
Deciden atacar a Nasser y es encarcelado, allí recluso sin compañero para jugar al dominó elabora su manuscrito “Signos en el camino” un reclamo discursivo que propugna retomar la yihad (esfuerzo por seguir el mandato de Dios), un texto que propone la libertad del hombre ante la esclavitud de este mismo, un hombre que no debe rendir cuentas a otro hombre, tan sólo a Dios. Usando la palabrería de los posteriores 70’s en el que la liberación supondría derrocar a los gobiernos y evitar tiranías políticas, raciales o clasistas, desarrolla su relato al que el Islam ofrece un nuevo sistema económico. Un texto cargado de esperanzas en la libertad, que por otro lado, se vería sucumbida por los regímenes del Islam teniendo el derecho a aniquilar a cualquier sistema por la ley de Alá, en el que los territorios conquistados permitirían exclusivamente a los no creyente vivir como dhimmis (personas con su creencia no islámica, obligados a pagar tributos al estado que si es religioso), ya que el Corán no permite obligar a creer. Este libro nutrirá futuras ideologías yihadistas que se reforzarán con el contexto particular de las zonas y su tensiones. Reinterpretación de los textos religiosos, como Aum hizo del budismo, en este caso varios harán del Corán, escogeremos, no al azar, fragmentos de la historia que construyen las ruinas que forman el mundo y su moral, o ética, para así poder hablar de formas y colores, del rayo esperanzador lumínico que guiará la razón.

“El deber olvidado” se abandonará en las estanterías de la cultura, sin embargo su creador Abd Al Salam Faraj es un ejemplo como otros que explica ese germen que se cultiva en la segunda planta. Los judíos han llegado al actual Israel, han ganado las guerras que empezaron y no hay resistencia que no lleve el duelo de las víctimas de Yom Kipur, de la Guerra de los 6 días y de los acuerdos de Answar el Sadat (sucesor de Nasser, Egipto) con Israel.Así que se enquistará el enemigo musulmán como una víctima latente, Faraj matará a Sadat y promulgará, en su deber olvidado, la lucha contra los apóstatas islamistas que permiten la humillación de Alá, que tienen otros intereses y por lo tanto un buen yihadista no debe luchar contra Israel, porque dará apoyo al gobierno de Egipto, sino deberá de asesinar a los que permiten que las tierras islámicas se llenen de infieles. E infieles aparecerán por Afganistán cuando la marginada URSS en plena Guerra Fría quiera ondear su bandera en el próximo oriente y decida que la tierra de Ashvaka como la adecuada para expandir su ego (1979). Mientras los soviéticos dan armas al gobierno los estadounidenses regalan metralletas a la guerrilla, una futura Al Qaeda, para así no desequilibrar la paz del no conflicto post IIGM.

Abdullah Azzam, otro maestro, esta vez de la universidad de Jeddah de Arabia Saudí, realiza un peregrinaje por el perverso mundo occidental y así llevar el mensaje de Alá y reclutar hacia tierras musulmanas a combatientes contra los infieles que han invadido Afganistan y Palestina, como ya se hizo con Al Andalus. Azzam se desplazará hasta Pakistán para allí fermentar su guerrilla y con ello a un Bin Laden aniñado. Este palestino opina que la yihad es algo personal, pero que no se debe de combatir al hermano islamista apóstata, así que él se llega a convertir en este mal creyente y muere de las manos de no se sabe quien y Bin Laden pasa a ser la imagen de esta secta ideada por Al zawahiri, el otro ideólogo yihadista. Ayman Al Zawahiri fue condenado por el asesinato de Sadat y mantuvo una doble trinchera, en Egipto y en Afganistán, mientras una paranoia conspirativa justificaba su guerra definiendo a las organizaciones de occidentes como asesinos a sueldo y al pueblo, pese a manifestarse en contra, prolongación directa de las decisiones de sus gobiernos, en conclusión unos infieles encima amorales. Tras una lucha de veinte años contra el apóstata y la inefectividad de los fans deciden cambiar de estrategia y crear la nueva lógica: los yihadistas atacan a los infieles, los infieles atacan a los musulmanes, los musulmanes se vuelven yihadistas. Algo ya visto en ETA, algo propio de movimientos europeos. Llegado a este punto encontrarán en el mártir un arma barata y efectiva, crearán el Frente Islámico Mundial y una red en la globosfera que atemorizará a medio mundo, así el mundo occidental podrá mirar el televisor desde sus casas con el miedo a ese alacrán transgénico que se creo en el laboratorio de la guerra fría, en la tierra de alguien y seremos hermanos con vecinos que odiamos, con países que antes estuvimos dispuestos a matar y ahora exclusivamente lo haríamos si nos ganasen en un partido de fútbol.

Ajenos a esa secta que llamamos deporte porque no hablar de yihadistas en vez de miembros del Islam, porque no dar un nombre a Al Qaeda y fiestas de guardar y desterrarlo del creyente formal, el cual tal vez obligue a poner el velo a su mujer como lo hacían en España los cristianos, el cual decide celebrar el Ramadán y matar al cordero como quien celebra la Pascua o la Navidad, porque no crear la alambrada que separe el terreno entre su bien y nuestro mal, para así corruptos del lenguaje queden encasillados en una lectura no tan abierta del Corán. Sin embargo, es voraz el hambre de sensacionalismo y distinguimos a un cristiano de uno antiabortista que cede bombas o dispara a bocajarro en Florida, pero nos agarramos el bolso o la cartera cuando sube un árabe al vagón porque puede ser chíita, sin saber lo que significa, e incluso terrorista. No es casual el uso del verbo, no es casual la historia que tenemos, tal vez si no hubiésemos echado a los judíos de Europa no se hubiese generado el Holocausto y no se convertirían en las víctimas que todos permitimos a Hitler y ya se empezó con anterioridad, probablemente no llevaríamos a nuestras espaldas la carga del gas y de los campos de exterminio y así la obligación de ofrecerles un paraíso a judíos sin tierra, su Eretz, y tampoco hubiésemos permitido a los apatrias palestinos y el laboratorio que fue Afganistán, hoy Al Qaeda serían hologramas desvanecidos sin armas, sin rabia, sin poder, pero hoy no sería hoy porque la historia es, sin trazos a boli del esquema que tenemos en mente, el meandro que deja el río, el incendio y el derrumbe de una construcción previa.

Vayamos al mundo de la imagen, a su autorepresentación, así indagar los motivos que se esconden tras ellos. Ondeando tras los comunicados encontramos una Black Standard en aquel grupo que asesinó a Jack Hensley, una bandera de fondo negro de tradición chií en radicales yihadistas, a veces la bandera cuenta con el texto “the young Eagle”, el nombre y el color se supone ser la transmutación de una tribu comerciante árabe (Quraish) situada en la Meca y Kaaba (cubo religioso), abuelos del clan (Banu Hashim) que dio a luz a Mahoma. El fondo negro tiene la Shahada en blanco un credo islámico que significa: No hay más Dios que Alá, y Mahoma es el mensajero de Dios, aunque puede contener más texto, dependiendo del grupúsculo que sea.

Un texto que habla del orígen del pueblo islámico, una nación en la que religión está anclada al estado, una caligrafía convertida en imagen, sobretodo para el mundo occidental, que llena de luz el fondo negro, esa luz reforzada por el punto, una concentración de fuerza, de unidad sin dispersiones mentales, sin actitudes propias que te lleven donde acabó Azzam. El estándar de bandera permite a cada grupo a sentirse parte del movimiento y permitir agregar otros elementos sin perder la coherencia, y reforzando la identidad territorial dentro de la imperante religiosa, que es quien lidera. Es cierto que el círculo se usa en un periodo determinado, tal vez un momento para aunar el batiburrillo islámico que concentraba el espectro yihadista de Al Qaeda pretendiendo abarcarlo todo, ser la cúspide de lo panarábico-islámico-yihadista.
En la cima de esa torre de babel de la que hablábamos Bin Laden, ahora se supone en el foso bajo los cimientos, con micro en mano se crea como imagen, la referencia para todos en su discurso antioccidentalista, en casos un galabine (túnica) y un pañuelo blancos lo muestran como ese rayo de luz, la esperanza para su creencia que da la cara y lleva encima el chaleco militar, porque para esta lucha se precisa de la guerra, siempre religioso y justificada por el Corán y su relectura particular, en otras ocasiones aparece como un cabrero con túnica, pañuelo y un abrigo entre montañas, paisaje sin nombre de algún lugar de oriente, identificándose con el fondo, no utilizando ficticios decorados como otras veces en las que sujeta su rifle Kalashikov o bien con una túnica blanca y dorada y pañuelo en fondo de madera, tela u otros, todos ellos el proceso de un hombre que sin inmolarse se convierte en mito, se crea a él sin perder su haz de luz esperanzador mientras otros ponen bombas. Conjeturemos alrededor de su barba y su apariencia icónica, su ropa, la concreción de unos ojos, de unas arrugas y canas con el paso del tiempo, así convirtiéndolo en símbolo, en si mismo como el logo yihadí, con una notoriedad que no ha alcanzado ninguna otra organización terrorista, para así darse a conocer al enemigo y al hermano en cualquier punto del mundo.

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