El horror de la identidad

Se escucha el rumor de un zapateo, metrónomo humano en el denso azabache de la noche, ajenas costumbres en las innovaciones de brochazos, en el papel cotidiano que cobra un seseante medio, notas que huelen a sur. Sureños más al norte de Valencia. Puntas y talones, sin firmas y números astronómicos, compases que huelen a sal y Pirineos, manos que se estrechan, sangre y oro, sin trigo, protección y valentía, historias que se recogen con el nuevo lenguaje de lo plástico, la mujer y el pájaro, costumbre vestida de huerta, París ilumina su calle, Alemania cocina armas en las salas de espera. Talón, punta, punta, punta, talón, estrechan las manos, lienzos inocentes de desabor, primeras líneas de rojo sangre, de olor a tierra y tradición, vientos que desde París internacionalizarán algo más que una triste y roída bandera, camino inverso de fiesta paganas estadounidenses. Castañas pateadas, recetas de panallets olvidados en el desván, criando alimañas y escorpiones, cicatrices de cartón piedra, verrugas de papel maché violan la raíz del sentir de cada pueblo, terror como imagen de temporada.

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