La fiebre del leopardo

Barcelona deja las plazas, con ella la polisémica finalidad vulgar de una masturbación ya no será blasfemia para cristianos reformados en atemorizar el débil, ya no expulsarán el alma de Jesucristo ni se jugará con la dignidad de los bravíos mamíferos que recorren y se desangran en plazas aclamados por aquellos que hablan de arte y de tradición. Un paso más en la tendencia de proteger a los animales, hablo de tendencia porque quien dice que no será regresivo, hemos dado pasos para proteger especies en extinción, asociaciones se agrupan para que no prueben en ellos el ácido del maquillaje, para que no apaleen focas, para que no acaben con las ballenas, para que la caza ese semideporte permitido no acabe con arces y conejos, pero un afán de violencia que llevamos en los genes siempre reactiva otro suceso más a defender. Adquirimos consciencia de forma paulatina a medida que nos socializamos, de igual manera que dejamos de ser racistas, homófobos, creemos preocuparnos por la política, apoyamos teorías izquierdistas, estamos a favor de la integración de discapacitados, pero en un fin realístico somos la hipocresía que aumenta a medida que se extiende nuestra red social. Vivimos en la pseudo aceptabilidad, todo es posible, todo lo considerado bueno lo aceptamos como propio y hace falta alzar la conciencia o sencillamente ser fiel a cada esencia particular, pero somos un animal social y ello nos cose en la espalda machetes y trincheras de las que no podríamos soportar la furia desatada. En este camino a ser buena persona, a respetar al prójimo, autoconvenciéndonos que nuestro sentimiento de odio en realidad significa indiferencia, corremos la carrera hacia la libertad de la esclavitud animal, primero substituyéndolos por máquinas, segundo evitando arañarles el alma al quitarles la piel, un proceso lento con antihéroes acechando detrás de cada arbusto. No obstante vivir ajeno al mundo, a la naturaleza a los propios animales es difícil cuando formas parte de ese todo, pese a construir infraestructuras que sean un lastre en un recorrido selvático, aunque el modo que tengamos de transgredir esa ficción llamada ciudad sea esclavizando en zoos y reservas a piezas de colección vivas a las que algunos quiere aniquilar, tesoros de supervivencia o muerte, gloria de prepotencia de unos u otros. A pesar del alquitrán y el metacrilato absorbemos hidrógeno y formas de vida que nos inspiran para construir barcos, casas, tejidos y organizaciones, aún construir una burbuja paseamos ante sus leyes que parecen no ser las nuestras. En este camino paralelo hacia el “buen señor” reciclamos, o al menos eso creemos al mezclar sobras con CFCs, pagamos bolsas en el mercado, sonreímos al chileno que accedió al puesto de trabajo que queríamos, dejamos paso a un minusválido pero no vemos los bordillos de las aceras y regalamos un camión a nuestra hija que no juega con Barbies o Nancys. Y por supuesto dejamos de comprar trajes hechos de piel de animal, no por sus precios y porque lo sintético sea la mejor copia hecha ya no MADE IN TAIWAN, sino en China, sino por ser conscientes de ellos. Aquello que fue una oleada hace bastante tiempo, el uso de las pieles de zorro o de zorra, sin importancia para nuestros jueces, los abrigos de visón o vecinos suyos, ya han dejado de hacer tanto hueco en nuestros armarios, pero han dejado tintado su estirpe en la piel.

Han tintado prendas, estampaciones que se han ido intercalando con lineas, puntos, formas más o menos orgánicas e invenciones varias, también se ha ido remitiendo a la piel natural sin tanta vehemencia, vuelta al color liso, a los dibujos o a las portadas de cd’s, y de repente en el plazo de pocos años aparece invadiendo la ciudad, como la sombra de Manhattan cae a medida que el sol se pone, el estampado animal. Leopardo, cebras y tigres proliferan en el mercado de las texturas, en relieves, bolsos, cintas, camisas y monederos, la cebra muere y las abuelas pierden uno de sus distintivo para amparar a punkis, quillas y pijas, las prendas proliferan para venderse en el mercadillo, en Passeo de Gracia y en el Corte Inglés, el mundo queda teñido por lo animal, el felino salvaje te persigue en el despiste de transeúnte y sin quererlo eres testigo de la tendencia. Pasa la temporada y tres años, pero permanecen las manchas negras tatuando cazadoras y mallas explotando una tendencia hasta el abismo.

Nos mira el tigre y el leopardo de reojo, controlando a la masa que se aúnan en sociedad, dejamos de lado lo exquisito, la exclusividad y la elegancia que encontraban con las pieles naturales, me pregunto si es furia lo que buscan, un recorrido al animal interior, abrir una puerta “salvaje” antes que las piernas, o la nihilez basta de la explotación de la forma, un camino que pretendo descubrir en el recorrido a través de la pseudopiel: Detectar un fenómeno fuera de los libros de diseño, trabajo para Hª del diseño.

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