Artérrate

No concilio las palabras y la coherencia al hablar del arte, quizás por mi ignorancia, por el propio concepto del vocabulario, esa cárcel necesaria en la que habitamos, tal vez por la proliferación o evolución de éste, y se me hace cuesta arriba cada vez que creo un párrafo. Pienso en presente a cerca del arte, aquel de todos y para todos, veo graffitis en la riera, películas bajo la sombra del dólar, edificios que mal podríamos denominar arquitectura, pendientes realizados con cápsulas de Nespresso, enciendo el ordenador y me asalta el trabajo gráfico y audiovisual de la mitad del globo, descanso y me dirijo a la cocina y encuentro una lata de atún que me compré porque el packaging me cautivó. Sin embargo me atrevo a decir que no llegaríamos del todo a afirmar que aquello es arte o si, pero con la boca pequeña. Pensemos en arte y hablaremos de sociedad, de conflictos bélicos, hoy en día entre Apple y Android, de periodo pre-electoral, de consumo y tendencias, hablemos del ahora y la proliferación de la marca blanca, de la gama “gourmet” de Carrefour y pensemos en Picasso y Braque, en Mondrian o en Da Vinci. Vivo un flash back que no es más que un lastre cultural, indago en el arte de hoy y hallo una serie de Bienales esparcidas por el mundo pero que se esconden de la gente, con lo que vuelve a salir esa idea del arte para todos, la lección que de boquilla lanzan los artistas, pero que evitan a toda costa. Sin embargo hecho un vistazo rápido y quedo absorto ante Xiang Jing o Batoul S’Himi, me sorprendo al ser capaz de emocionarme, de sentir y darle una interpretación a obras del presente, pero soy incapaz de entender porque no forman parte de nuestra vida, o porque no están realmente accesibles.

Observo el arte, este me habla de volumen, de dureza y sensibilidad, de lo bello y el gusto y me quedo con Adán Vallecillos, un hondureño que ha creado para la Bienal de Venecia “La fisiología del gusto”, un conjunto de dientes con caries en una plata metálica, algo que podríamos encontrar escondido en la consulta de nuestro odontólogo, sin embargo para unos es trabajo, para otros es arte. La caries la llevamos a objeto artístico para dar un discurso de lo no visible, del niño bizco, del defecto físico, del cuerpo no adecuado, habla o hablo, de la prótesis para ser nosotros mismos, esa búsqueda de curarse y estar bello aunque introduzcamos silicona, hierros o tintes en nuestro cuerpo. Por otro lado no llevamos al terreno del arte, a ese nivel a mi parecer, el envoltorio de té, la voz de Antony Hegarty o la intro de A dos metros bajo tierra. Probablemente no sean arte, o haya categorías: el que se da en la escuela, el que se oye en la MTV, el que se compra en el rastro, el que se inventan postmodernos y un largo etcétera, o se convertirán en arte en el momento en que lo decidan los críticos.

Critico que no crítico aquello que observo, opiniones más o menos desavenidas a cerca de lo que tengo a mi alcance, a continuación llevando al campo de la asignatura de proyectos el arte al alcance de todos, ofreceré tocayos del eclipse de Heroes, un breve recorrido, bastante personal, por la jet set, o no, de las series del país del ketchup y los realities.

Comienzo con el sabor metálico de la muerte, un adiós que se puede entender como una nueva etapa, un mundo gris y negro en que la esperanza nos dibuja el llanto en la cara, porque hay algo más irónico que la muerte para hablar de la vida, la excusa de Tánatos para empezar de nuevo, para el inicio de salir de A dos metros bajo tierra, un mundo esterilizado, una imagen limpia, el cuidado del desgarro emocional hecho emotivo como antesala de cada capítulo, una imagen que no muestra a nadie, ni nada, pero explica la antesala de lo que vendrá. Vendrá el hijo menor que heredará ese gen para mejorarlo y volverlo algo más sádico, para ser ahora el hijo único de la producción audiovisual, una especie de enfermo mental, entrañable a la par que vomitivo, capaz de hacernos ver que el asesinato no siempre es tan malo, ese niño domesticado, ese Dexter que equilibra un poco la balanza que las normas no nos permiten hacer. Protagonista entre todo el elenco de personajes, como Carrie en Manhattan, que pese a que parezca una serie más plural se nos introduce, como su voz en off, a Sarah Jessica Parker admirando su barrio, buscando y sorprendiéndose incluso de verse a si misma retratada, pero no del traje, referente de como la veremos en las distintas temporadas. Nos quedamos en el barrio pero cambiamos de registro con los amigos y heredamos el nombre en inglés Friends y la presentación de personajes que se explica con escenas de la propia historia como harán tantos otros, Buffy, Anatomia de Grey, Mentes criminales algo más evolucionado que aquello que veíamos con Médico de familia, recurso al que no dejamos de soltarnos, pero del cual salimos para acertar como en House o para fracasar como en Heroes.

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